31 de Octubre de 2004 :: Relato de Alejandrina
K42, VILLA LA ANGOSTURA, NEUQUÉN
Suena la alarma del reloj: 6:30 a.m.. Después de tres meses de entrenamiento intenso, de más nervios que dolores, de una noche en la que no logré dormir, llegó el último día de Octubre.
Llueve en La Angostura, como desde el primer momento en que llegamos, como seguirá lloviendo durante todo el día y el siguiente.
Mi mochila está armada desde la noche anterior, minuciosamente preparada para 42 kilómetros de carrera, con provisiones, con los consejos de Vero y Marce, con el ánimo de amigos, compañeros y familia, con las experiencias amontonadas de otras carreras, preparada para una tormenta que obligó a modificar el recorrido el día anterior.
A las 9:00 a.m. más de 600 corredores largamos desde la orilla del lago Espejo. Los primeros kilómetros son en subida, entonces escucho la voz de un viejo y sabio corredor que la noche anterior se acercó a decirme: “...todos van a salir corriendo, vos salí tranquila, que no te importe ser la última...”. Unos kilómetros más adelante empiezo a correr entre los bosques de lengas.
A partir de los 9 kilómetros comienza la subida a la cascada Inacayal, con una caída de agua de deshielo de 50 metros sobre un cañadón de origen glaciario. La pendiente y el barro dificultan el ascenso, cruzamos un arroyo de agua helada entre las piedras, ayudados por cuerdas y personal de la organización. De ahí en más, la única manera de seguir trepando es valiéndonos de pies y manos. Cerca de los 1200 metros de altura llega la ansiada bajada, no menos resbaladiza que la subida. Una vez más, como en tantos otros descensos, me quedo sola en el medio del bosque, hasta los desconocidos se alejan entre los árboles. Tomo conciencia de que la carrera depende sólo de mí y trato de comparar cada tramo con otros ya vividos y superados.
Después de 2:45 horas de carrera y saliendo a la ruta que nos llevaría al cerro Bayo, un cartel anuncia los 15 kilómetros y se me cae el alma al piso. Entonces aprovecho los próximos tramos para correr y aflojar las piernas, para dejarlas rodar por la ruta mientras pienso en tantos kilómetros de entrenamiento, en las pasadas eternas, en la sonrisa de Víctor en la llegada. Apuro el paso y a los 20 kilómetros me espera de nuevo el bosque en subida. Me siento bien, sigo las instrucciones de los profes al pie de la letra, ahora soy yo la que deja atrás a varios desconocidos, bastón en mano, sin aflojar el paso. Obligada por lo angosto de los senderos, que a esta altura son tan profundos como cauces de agua y terriblemente resbalosos, avanzo haciendo equilibrio por los bordes o entre los arbustos.
Faltan 2 kilómetros para llegar a los 1500 metros, la altura máxima del recorrido, cuando salimos del bosque. El viento y la lluvia no perdonan. Camino mientras hablo con un corredor de Cipolletti, tratando de distraernos y olvidar los últimos metros en subida hasta el refugio de montaña, aunque ya no sentimos las manos.
Finalmente, casi sin darnos cuenta la pendiente se transforma y empieza el descenso. Me desprendo del bastón y corro feliz por las pistas sin nieve, a pesar del frío, sin cansancio. Reconozco el camino que falta, que me vio caer miles de veces el año anterior, llego a la base del cerro y comienzan los últimos 4 kilómetros de ruta hacia la villa. Parecen pocos pero se hacen eternos, la lluvia no cesa y las subidas leves se hacen durísimas. Acorto el paso, sin dejar de correr, por el orgullo, por la gente que nos alienta en la ruta, por la satisfacción de llegar entera, por las calzas de correrayuda que son el símbolo de todo un equipo, porque hace un año que estoy esperando recorrer este camino. Por fin la meta y no puedo dejar de llorar.
Una organización impecable para un día de tormenta y una carrera soñada.
Saludos.
Alejandrina
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