30 de Octubre.2005 :: Relato de Pablo Giottonini
Al mal tiempo buena cara. . . es decir, que. . . A MALA CARA BUEN TIEMPO . . . Seguramente despertamos con la peor de las caras porque el tiempo fue EXCELENTE. Con un Sol que le sacaba una sonrisa a la cordillera, amanecimos el domingo 30 de Octubre en Villa la Angostura para celebrar el durísimo K42. Nos despabilamos con una ducha. Hicimos la puesta a punto del camelback. Incluimos cereales, caramelos, mucha confianza, una banana, más cereales, un gel revividor, un glucotem, y más confianza. . . El camelback estaba listo. Nosotros no tanto. Después de un desayuno casi potente partimos para el Lago Espejo con todo el equipo. Sedientos de revancha hicimos puerto el día anterior. Tras retirar los kits, asistir a la reunión previa, y degustar unos carbohidratos de novela, nos metimos en el sobre. Con algunas dificultades obvias del caso, logramos concebir el sueño. Mañana será otro día. Amaneció el domingo. El hermoso lago nos esperaba para abrirnos las gateras. Llegamos llenos de nervios. Estiramos un poco. Calentamos otro poco. El cronómetro se acercaba a cero lentamente. Mientras tanto el Cerro Bayo nos miraba de reojo desde los 2500 metros de altura. Le clavé la mirada de manera desafiante, como quien mira a su rival antes de la pelea. En un rato nos vemos. Chocamos los guantes y nos fuimos cada uno a su rincón. El reloj marcaba 5 minutos. Seguimos estirando. Saludamos a varios conocidos. Posamos para algunas fotos. Las ganas de largar ya superaban los nervios. Nos amontonamos en el arco. Suerte a todos. El reloj marcó 10 segundos. A coro contamos hasta cero. El lago nos abrió las gateras. Y salimos a disfrutar de una de las carreras de montaña mas duras del continente. El circuito no era el mismo que el año pasado. Esta vez las subidas se habían venido con todo. Por suerte, el clima tampoco fue el mismo. Recordemos que aquel fin de semana se había inundado el Nahuel Huapi de tanta lluvia. En cambio esta vez el Sol estaba en primera fila, con un balde de pochoclos en una mano y un Gatorade en la otra. No había rastros de lluvia en la Villa y eso si que era noticia. Colmados de expectativas. Rebalsando adrenalina. Largamos. Todos llenos de optimismo desfilamos por la orilla del lago, mientras nos envolvía el ferviente aliento de los familiares, amigos, conocidos y no conocidos que habían llegado al Espejo a darnos el primer aventón. Luego del primer kilómetro se comenzó a oler mucho respeto en el ambiente. Ya no había charlas casuales entre los aventureros. En cada rostro se dibujaba una mezcla de susto e incertidumbre. Nadie perdía la concentración. Nadie se atrevía a reír. Recorrí los primeros ocho kilómetros con el freno de mano puesto. No quería gastar un gramo de energía de más. Era fundamental saber administrar las fuerzas. Atravesamos el puente del Correntoso. Volvimos a saludar a los nuestros y encaramos el primer escollo importante, un tal Velvedere. Nos internamos en el bosque y nos fuimos para arriba. 50 minutos subiendo. 50 minutos caminando. El sendero era un sueño. Arroyos, troncos, charcos, barro, más troncos y algunos diminutos rayos de sol que habían logrado penetrar de contrabando, eran el marco perfecto. Hicimos cima en el kilómetro 12. Y nos fuimos para abajo. Bajada peligrosa si la hay. Apreté los dientes, levanté la cabeza, inflé los pulmones, y con pelota dominada entre al área gambeteando charcos y troncos. Hasta ahí fui bien. Después ni hablar. Cómo un novato jugando a la rayuela, saltaba de un lado al otro con ganas de perder el equilibrio. . . hasta que lo perdí. Poniéndole la cara al barro terminé de bajar. Me incorporé en el acto y disfrazado de Rambo salí al trote suave escupiendo marrón. En el kilometro 16 estabamos otra vez abajo. Antes de encarar la parte mas dura hice un inventario. Piernas casi bien. Aire recuperando. Confianza intacta. Sigamos. Otra vez a subir. Otra vez a caminar. Otra vez a sufrir. Las fuerzas se iban agotando demasiado rápido para mi gusto y todavía quedaba lo peor. La trepada al Bayo. Pero antes teníamos que sortear este cerrito mañoso que se ponía cada vez más peludo. La cima que no aparecía, y la pendiente que crecía. Todo esto no estaba previsto en el plan. Evidentemente el mío, era un mal plan. Después de 50 minutos mas, llegamos arriba. Tomé aire. Levanté la cabeza. Y lo vi. Allá lejos. Ahí estaba. Esperándome. Aguantame la mecha. Bajo este cerrito mañoso y voy por vos. Bajé como por un tubo. Enderecé algunas curvas. Empecé a rozar algunos árboles. Señal inequívoca de que iba a ir a visitar el suelo otra vez. Luego de levantarme volví a acelerar. Desembocamos en el camino que va a la base del Bayo. Aproveché para recuperarme. El Gel mágico y el Glucotem me ayudaron. Un poco caminando y otro poquito a pie llegué a la base. Intenté tomar una aerosilla. No me dejaron. A subir una vez más. Antes volví a inventariar. Piernas casi mal. Aire recuperando. Confianza tambaleando. Sigamos. Nuevamente al bosque. Las piernas ya no querían más lola. Vamos che, no aflojen ahora, que cuando bajemos nos esperan los masajes. . . Algunos minutos mas tarde todo el cuerpo se alió a las piernas y sin mas que someterme a su decisión tuve que sentarme en unos de los troncos que permanecían a la deriva del camino. Sin fuerzas para reponerme. Con las piernas en huelga. Y con la confianza extraviada. Solamente me salva un milagro pensé. De pronto, de entre los frondosos troncos apareció un gnomo. Nino. Esto no está pasando. Qué haces sentado? me dijo . . . Parate gilúm que el Bayo te está esperando . . . Estaba delirando ? Es probable que si. Pero si no fuera por el peque todavía estoy sentado. Con su ayuda seguí subiendo hasta que de pronto, lo vi. . . Ahí lo tenia, frente a frente. Aquel que me había mirado de reojo hacía un par de horas, ahora lo tenía justo en mi camino sin buenas intenciones. Me le acerque un tanto tímido. No sin antes, con algunos tropezones obligatorios, sortear una alfombra de nieve bastante complicada. Y ahora ? ? ? le dije casi sin vos . . . Qué mas tenés para mi ? ? ? Escondiendo una sonrisa, con voz ronca, me dijo " PENSASTE QUE HABIAS CORRIDO TODO ", y para reconfortarme me enseñó. . . Todavía no nació el pintor, que plasme tanta hermosura en un cuadro. Abajo el lago. Los lagos. El Nahuel Huapi tironeando con el Correntoso, para ver quien se quedaba con el Espejo. Maravilloso. Todos manchados con islas desordenadas. En frente, un retazo imponente de cordillera con los rayos de Sol iluminando los picos nevados. Y para completar el cuadro un par de nubes molestas, escapadas de alguna tormenta cercana. No traten de imaginarlo. Es imposible. No podrán. Mientras mis ojos intentaban llevarse cada rinconcito de semejante paraíso, y mis oídos escuchaban el Bolero de Rabel, mis piernas imploraban salir del infierno. Con el cuerpo a remolque me fui para abajo. Tomamos por Fonseca, luego de esquivar un cartel que rezaba "Ojo". 12 kilómetros de bajada. Algunos tramos bien empinados. Otros también. No había manera de frenar. Creo que esta vez no me caí. Por supuesto que miento. Anduve machucándome otra vez, pero ya no dolía. Sin reservas en el tanque llegué a Villa la Angostura. Recorrí los 2 kilómetros más largos de toda la carrera. Al fin. El arco de llegada. Un milagro. El mismo que hacía 6 horas y 4 minutos me había despedido en el Lago Espejo ahora me daba la bienvenida. El agua y las naranjas me subieron la presión. La medalla en el pecho me infló el corazón. Luego de una ducha reconfortante, me instalé en la carpa de masajes. Mientras mis piernas volvían a respirar, y yo dormitaba en la camilla, mi mente divagaba por aquellos lugares mágicos. Los masajes terminaron. Mi mente volvió. Intenté caminar normal. Subimos al auto. Dejamos Villa la Angostura, y volvimos a Allen comentando cada metro de los 42 km. Por supuesto que nadie me creyó lo de Nino. No importa. Solo me resta felicitar una vez más a Patagonia Eventos por la perfecta organización, por el cuidado con el que tratan a los competidores y por hacer de este k42, una carrera única. También felicitar a Andrés, Ricardito y Tito por cumplir nuevamente el objetivo. Agradecer a Diego, el mendocino, un amigo de toda la vida que conocí el domingo, por aguantarme en los últimos dos kilómetros. Y a Fabi, Chaco, Gomín y Abate por lo de siempre. El apoyo incondicional para aguantar todas nuestras locuras. . . El lunes costó reaccionar. Los dolores habían invadido, y plantado bandera en todo el cuerpo. Me tomé algunos calmantes. Los pobres no sabían por donde empezar. Y así fueron pasando los días, y los dolores. Y todavía hoy, a varios días de aquel fin de semana maravilloso, cada vez que me acuesto y cierro los ojos, aparece delante de mío, el imponente paisaje que me regaló mi amigo el cerro, junto con una voz ronca, que esconde una sonrisa, que repite : " PENSASTE QUE HABIAS CORRIDO TODO " . . . PABLO MARTIN GIOTTONINI
|